Botellón a los trece

Lucía tiene 13 años y brackets recién puestos. Le gusta el vodka rosa con Sprite. Lo bebe en vaso de cubata de plástico duro con un par de hielos. Las copas le entran en cinco tragos. Con ansia. A la misma velocidad que la pequeña botella de agua que bebió el viernes después de hacer el Test de Cooper en la clase de Educación Física de Segundo de ESO.

Diego tiene los mismos años que Lucía y cuatro pelillos en la barbilla. Es un chico tímido al que le sale una medio sonrisa pícara y los ojos se le enrojecen cuando ingiere 35 centilitros de ron barato. Media botella. Lo hace los sábados que sus padres le dejan quedar por la tarde con sus amigos.

Víctor tiene acné en la frente. Y 13 años también. Se peina de tal forma que el flequillo largo ondulado le tapa los granos. La otra mitad de la botella de ron es suya. Durante la primera hora bebe cuatro copas y recita anécdotas de niños de su edad. La segunda hora la pasa mareado en unas escaleras jugando con el móvil al Age Of Empires.

Los tres son niños que ya no ven a sus padres como superhéroes. Preadolescentes que han transferido esos poderes de cuna a su grupo de amigos. Críos socialmente idealizados que bucean muchos fines de semana dentro de la burbuja de la ebriedad para hacerse adultos demasiado pronto. Y, muchas veces, bucean muy hondo. Incluso hasta la muerte como Laura en San Martín de la Vega el pasado 2 de noviembre. Tenía sólo 12 años. Fue atendida por un coma etílico. Al igual que los otros 5.000 menores que acaban en las urgencias de toda España. Aunque, según Javier Urra, doctor en psicología y ciencias de la salud, las intoxicaciones en menores sin atender triplicarían esa cifra.

La conclusión es sencilla. Los adolescentes beben. Y beben. Y vuelven a beber. «Eso lo cantamos en Navidad cuando vamos pedo. Una versión más caliente del villancico. No tenemos otra cosa mejor que hacer», explica Laura, la niña del vodka rosa.

-¿En serio no tenéis otra cosa mejor que hacer con 13 años que estar de botellón en el parque a las seis de la tarde?

-Es que antes de medianoche tenemos que volver a casa… No te rías que seguro que tú también lo hacías a nuestra edad.

Es sábado, el débil sol desaparece y el frío rasca cada vez más en las manos. A los techados de la Cubierta de Leganés (Madrid) llegan unos pocos jóvenes cargados de bolsas con botellas de alcohol. Muchos de ellos son menores. Muy menores. Niños con cara de niños que aún no les ha cambiado la voz. Empiezan el botellón como cada fin de semana. El grupo de Lucía, Diego y Víctor ocupan una de las puertas laterales del recinto de eventos. Son cinco chicos y dos chicas que tienen entre 13 y 15 años. Saben que el día anterior, a cuatro kilómetros de allí, en el parque de Arroyo Culebro, una niña de su edad casi muere por un coma etílico. «Eso es que no está acostumbrada a beber y no controla», dice Diego. «Y seguro que mezcló varias botellas, por eso le sentó mal«, interrumpe Lucía.

-¿Os ha pasado alguna vez?

-A por Pepelu (José Luís, 14 años, bebe vodka con limón) ha venido la ambulancia un par de veces porque no podía ni levantarse de lo ciego que iba. Es que es un desfasado adicto a los chupitos de jagger [se refiere al licor alemán de moda, Jägermeister].

-¿A qué edad empezásteis a beber alcohol?

-Con 12 años, cuando nuestros padres nos dejaron salir por la tarde con los amigos. Veíamos a los mayores del instituto haciendo botellón en el parque y nos juntábamos con ellos.

-¿Vuestros padres sabían lo que hacíais?

-Aún no lo saben.

La tarde del sábado en realidad empieza a las 17:00 horas en el local de alimentación chino que hay al lado de la casa de Diego. Allí le esperan Víctor y cuatro adolescentes más comiendo una bolsa grande de Gublins. Tienen que hacer la compra para el botellón. Entran en la tienda y piden al dependiente dos botellas de Ron Negrita (16 euros) y una de Vodka (10 euros). También cogen dos bolsas de hielos (cuatro euros), seis vasos (90 céntimos) y ocho chicles de menta (40 céntimos). En la puerta de la nevera donde están las cervezas pone en mayúsculas en un cartel que «En este establecimiento no se vende alcohol a menores de 18 años». El dependiente en ningún momento pide el DNI a los chavales. El mayor tiene 14 años. Y los aparenta. Es más, el hombre chino que regenta la tienda de alimentación mete las botellas de alcohol en las bolsas donde se guarda el pan para que nadie sospeche cuando los chicos salgan a la calle.

Días después volvemos a la tienda de Leganés y preguntamos al dueño -que está con su mujer- por qué vende conscientemente alcohol a menores. Lo niega. Pero la vecina que está comprando chucherías responde que ese establecimiento suministra el botellón de los más jóvenes del barrio.

«En los supermercados -donde el alcohol es más barato- nos piden siempre el DNI. Como no vayamos con algún mayor de edad es imposible que cuele. Y en algunos chinos también. Pero este ya nos conoce y nos vende a escondidas porque somos buenos clientes», cuenta Diego.

-¿Sabes que el Gobierno va a subir el IVA de las bebidas alcohólicas? (Le preguntamos el miércoles tras la comparecencia de la ministra de Sanidad hablando de que iban a tomar fuertes medidas para paliar el preocupante aumento del consumo de alcohol en menores. Subirá, se anunció el viernes, un 5% los impuestos).

-No. ¿Eso qué quiere decir?

-Que tu ron Negrita te costará más caro.

-Pues con la poca paga que tengo no me va a dar.

Durante 12 minutos de intervención, la recién nombrada ministra de Sanidad y Servicios Sociales, Dolors Monserrat, anunció la intención que tenía de aprobar una ley para que menores como Diego no lo tengan tan fácil cuando quieran comprar bebidas alcohólicas. El adolescente se dejó cinco euros en el botellón del sábado. Lo que cuesta una copa barata en un pub de Leganés. Él se sacó siete copas de la media botella que le tocaba.

Medidas anti-botellón

Según los últimos datos del Gobierno, los adolescentes españoles empiezan a beber de media a los 13,9 años. Y, el 76,8% de los escolares entre 14 y 18 años, se han emborrachado alguna vez en el último año.

«Mientras nuestros hijos de 13 años ingresen en los hospitales con comas etílicos, no podemos mirar hacia otro lado. Como padres y madres debemos asumir nuestra responsabilidad de orientarles y no ser permisivos con el consumo de alcohol«, apuntó la ministra, que avanzó estos planes del Gobierno ante una interpelación del Grupo Vasco. Una pregunta a raíz del último caso conocido de coma etílico, el de la niña de 13 años ingresada el viernes 25 de noviembre en Leganés. La menor vive en la localidad de Humanes. En una tienda china cerca su casa compró con varias amigas ron y vodka. Iban a celebrar con un botellón el cumpleaños de una de ellas.

«La Policía Local está abriendo una investigación para comprobar el local donde compraron las bebidas las chicas. Normalmente se hacen inspecciones periódicas y si hay alguna irregularidad en el establecimiento se sanciona, pero es muy difícil pillar a los dependientes justo cuando venden a menores», explican desde el Ayuntamiento de Humanes. Javier Urra, que también fue el primer Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid, tiene una solución. «La permisividad en España con el alcohol es total. Hay que poner a los agentes vestidos de paisano vigilando los establecimientos y que las instituciones endurezcan las multas y se persiga como se hizo con el tabaco», dice.

Es probable que alguna de estas medidas podrían haber evitado que la niña de Humanes se desvaneciera el viernes a las 18:00 horas por la abusiva ingesta de alcohol que presentaba. Los nueve niños que estaban con ella reaccionaron rápido y pararon un coche que pasaba al lado del parque donde estaban bebiendo. La señora que conducía llevó a la niña al Hospital Universitario Severo Ochoa. Entró con una grave intoxicación. «Por suerte llegó a tiempo y fue estabilizada y dada de alta día siguiente», afirma Mari Luz García, jefa del servicio de Pediatría del Hospital. La doctora alerta de que cada vez les llegan más críos de entre 12 y 13 años con comas etílicos. «Antes era bastante poco habitual en una urgencia de pediatría y ahora atendemos estos casos cada fin de semana», asegura.

-¿Qué ha cambiado?

-Antes los jóvenes bebían de manera social a lo largo de varias horas. Pero ahora los adolescentes hacen una ingesta masiva y rápida de alcohol en una hora, es muy peligroso. Cuando llegan al hospital hacemos una valoración de su grado de conciencia e intubamos al paciente para que no tenga parada cardiorrespiratoria. Al ser tan jóvenes, su cuerpo metaboliza rápido el alcohol y les damos de alta en menos de 24 horas, pero a algunos chicos les han quedado lesiones cerebrales, por el tiempo que estuvieron inconscientes o por el golpe al caer desplomados al suelo.

La doctora apunta que para llegar al coma etílico tienen que consumir más de cuatro gramos de alcohol. Muchos de los menores a los que atiende llegan con 300 miligramos por litro de sangre. El límite que se establece como letal es a partir de 400. «La gente debe saber cómo actuar cuando hay una intoxicación. Lo primero llamar al 112 y colocarle en posición de seguridad. Tumbado de lado para que en el caso en el que vomite no se lo trague».

Lucía, Diego y Víctor, niños de 13 años asiduos al botellón de los sábados en la Cubierta de Leganés, dicen que ellos ya han vomitado alguna vez después de beber pero nunca les han tenido que llevar al hospital. No sólo las urgencias son termómetro de lo que está ocurriendo con los más pequeños. «He decidido no coger a más niños borrachos», dice Francisco, un taxista madrileño. El motivo: «Vomitan dentro del coche cuando les tenemos que llevar a casa… No sale rentable». Otro taxista, Jacobo, de Fuenlabrada, da más detalles de su experiencia con menores ebrios. «Llevo 20 años en el taxi y cada vez me paran chicos más jóvenes borrachos para que les lleve a casa. Ya sea un fin de semana a las cinco de la tarde o a las seis de la mañana. Incluso, un par de veces, a dos niñas de 13 y 15 años, me tuve que bajar del taxi y ayudarlas a abrir la puerta de sus casas porque no acertaban con la llave en la cerradura».

De las 1.000 llamadas diarias que reciben los voluntarios de la Fundación Anar sobre consultas de la infancia, muchas tienen que ver con la relación entre los menores y el alcohol. Benjamín Ballesteros, psicólogo y director de programas de la fundación, asegura que los críos empiezan a beber para sentirse incluidos dentro del grupo. «No quieren sentirse desplazados y no tienen la capacidad para decir que no al alcohol. Con 13 años su mente no está plenamente desarrollada y no lo perciben como un peligro».

El botellón del sábado, para la mayoría de los críos del grupo de 13 años, acaba antes de las 23:00. Tienen toque de queda en casa. Para que sus padres no les pillen, las hamburguesas de un euro del Mcdonalds son la mejor receta para disolver la embriaguez después de una tarde bebiendo. El fin de semana que viene retomarán el dominio de su esquina del botellón equipados con bolsas de pan que esconden esas botellas que jamás deberían haber podido comprar.

Fuente: http://www.elmundo.es/cronica/2016/12/05/5841d055ca4741d5768b468c.html

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